Conmemoración víctimas narcoterrorismo y conflicto armado

El 27 de noviembre de 1989, a las 7:16 de la mañana, un avión que recién despegaba del aeropuerto El Dorado en la ciudad de Bogotá, explotó en el aire, como consecuencia de un atentado terrorista. Se trataba del vuelo 203 de la aerolínea Avianca, con 107 personas a bordo. Una semana más tarde, cerca de 100 personas murieron y alrededor de 500 resultaron heridas, como consecuencia de una explosión de un bus-bomba en el edificio del DAS, en Bogotá. Ese mismo año también fueron víctimas del terrorismo las instalaciones de los periódicos El espectador y Vanguardia Liberal, en Bogotá y Bucaramanga, respectivamente. En diferentes fechas de ese mismo año murieron asesinados Luis Carlos Galán, candidato presidencial, Jorge Enrique Pulido, periodista y el Comandante de Policía de Antioquia, Valdemar Franklin Quintero. Abogados, políticos, gobernadores, sacerdotes, jueces, escoltas, magistrados, diputados, deportistas, periodistas y transeúntes murieron a manos de un enemigo común: narcoterrorismo. Sin importar si se trata de personalidades mediáticas o seres sin ningún reconocimiento público, este año se conmemoran tres décadas de sus muertes.

Desde el Museo Casa de la Memoria rendimos un homenaje a todas las personas que perdieron la vida como consecuencia de la violencia que impuso el narcotráfico en las décadas de los 80 y los 90. El periodista Rodrigo Sarasty Obregón fue baleado por sicarios en Medellín, y a través de su historia honramos la memoria de quienes han sido víctimas del narcoterrorismo.

Roberto Sarasty Obregón (1936 – 1989)

Roberto Sarasty Obregón fue un periodista independiente que nació en Bogotá en 1936 y murió en Medellín el 10 de octubre de 1989. De su matrimonio con Yolanda Ríos Cardona nacieron Rodrigo y Gustavo; y de su pasión por el periodismo y la investigación nació la revista El Cronista Demócrata, que alcanzó una vida de 15 ediciones. Tiempo atrás trabajó en el radio periódico Micrófono Cívico, realizó y un programa llamado Cielo, sol y llano, para la emisora La Voz del Meta. También fue jefe de prensa del Senado de la República y colaboró con Caracol radio y el periódico El Espectador. Así es como la editorial de la última edición de El Cronista Demócrata (Octubre-diciembre 1989), interpretó su partida:

(…) no se puede entender la alevosa muerte de Sarasty Obregón, sino por dos razones: buscaron un periodista de relieve independiente, para añadirlo a la lista de inocentes colegas e impresionar a la sociedad y obtener posibles gabelas por medio del amedrentamiento, o, por el carácter decididamente franco de la víctima, que jamás se enredó ante nada, ni ante nadie, para manifestar su pensamiento, criticar actitudes que estuviesen en contra de la ética (…)

Gustavo es el hijo menor de Roberto Sarasty Obregón. Y así es como él recuerda algunos instantes de la vida de su padre, incluido el día en que fue asesinado en el occidente de Medellín.

“Yo tenía 15 años y mi hermano 17. Vivíamos cerca del parque de Belén y estudiábamos en el instituto San Carlos de La Salle. Él estaba amenazado junto con otros periodistas de El Espectador, pero no habíamos tomado la decisión de irnos, como sí lo hizo mucha gente. El dejó sus cosas al día, hasta donde pudo. Por ejemplo hizo el trámite de la sustitución de la pensión de mi mamá, porque decía “es que Roberto se gradúa de bachiller y nos vamos a otra ciudad más chiquita”, pero no pensaba que la muerte le iba a llegar como llegó.

La historia de mi mamá y mi papá fue muy simpática. En 1968 hubo un congreso eucarístico en Bogotá al que vino Pablo VI y mi mamá tenía una amiga antioqueña que era secretaria de un congresista, que se conocía con mi papá. Entonces por medio de ella se conocieron. Se casaron el 29 de noviembre de 1969. Mi hermano nació en Villavicencio. Después de que él nació se vinieron para Medellín y ya después nací yo, a los dos años de mi hermano.

Mi papá era gordito, cachetoncito. Se motilaba de medio lado y se tiraba el cabello para un lado y utilizaba gafas. Le gustaba mucho el deporte. Se entendía con todo el mundo y era muy servicial con toda la gente, sin importar si eran congresistas, o gente sencilla como un maestro de pueblo. Con todo el mundo era igual y eso le daba cierta cercanía y le daba ese don de gente.

Tenía mucha gente con la que trataba de política y trabajaba con la oficina de información y prensa del congreso, directamente. Como le gustaba expresar las ideas que tenía y como conocía tanta gente en el campo político, social y deportivo se le ocurrió, con los amigos que tenía, hacer una revista donde pudieran expresar esas cosas y mantener a la gente actualizada y al mismo tiempo tener su propia generación de ingresos. El Cronista Demócrata, así se llamaba la revista, alcanzó 15 ediciones.

Además del compromiso laboral con el Congreso, trabajó en Medellín con Caracol Radio y con El Espectador. El jefe de él era un señor que se llamaba Carlos Murcia, que en esa época era el jefe de la parte política del periódico; entonces Murcia era con quien se entendía. Cubría los temas de Medellín y Antioquia. En Caracol trabajó con un señor Orlando Cadavid. Mi papá no es que fuera locutor sino que hacía las crónicas, se encargaba mucho de la parte política, entonces estaba pendiente de cómo estaban las elecciones, de la persona que quedó, de los de la oposición.

El hacía mucho esa parte investigativa, y como en esa época no había ni internet, ni computador, ni celular, y lo que había era teléfono y máquina de escribir, entonces trabajaba desde la casa y después íbamos a enviar lo que había hecho por carta. Los informes eran una carta.

En una época trabajó con una empresa bogotana de abogados que se encargaba de tramitar las pensiones. Ese fue un motivo por el que me uní mucho con mi papá, porque salíamos a visitar los pueblos, a las notarías y allá nos encontrábamos con los profesores del magisterio que tenían esa necesidad. Así conocí medio Antioquia, porque el elegido fui yo y no mi hermano. Yo fui más concentrado en el quéhacer de mi papá.

Se me quedó grabado en la memoria un libro que escribió con un amigo. Era sobre narcopolítica, denunciando eso. Yo mismo fui con él a llevarlo al congreso, a la asamblea, a repartirlo en todas esas oficinas. No nos quedó ni un solo ejemplar, no entiendo qué pasó. Cuando ese libro sí me dio susto, pero nunca se lo dije. Me quedé con esa inquietud. Me daba miedo porque yo en esa época sí empecé a ver que no estaba tratando con gente tan indefensa como un maestro o un campesino, sino con gente que tenía poder y lo conocían. Ese era el otro riesgo. La muerte de mi papá fue un año y medio después del libro.

Me parece raro que no pidió protección, porque no tuvo escolta ni esquema de seguridad, como llaman ahora a eso. El salía tranquilo y cogía taxi. Nunca le gustó tener carro y hacía su vida lo más descomplicado posible. Tan es así que yo salía a las 6:00 de la tarde del colegio, cogía un bus que me dejaba cerca de Caracol y nos encontrábamos en una cafetería cercana. El se tomaba un tinto, yo me tomaba alguna gaseosa y cogíamos un taxi para la casa. El día que lo mataron no fue así, porque yo me demoré y no salí temprano del colegio. Cuando llegué a la casa ya lo habían baleado, porque así nos llamaron a decirnos de Caracol: “a su papá lo balearon”. Eso fue lo que nos dijeron.

Lo que me dice mi mamá es que ese día estuvo en la casa, desayunó con nosotros, almorzó y cuando se fue le hizo muchas recomendaciones a ella. Eso fue lo que más se me quedó grabado. Le dijo: “Si yo falto, cuídeme a los muchachos”. Entonces fue un momento de muchas recomendaciones. Ese día simplemente salió a trabajar. Tenía una chaqueta blanca, iba de pantalón de tela elegante.

Estaba en Caracol Radio. Ahí lo balearon dos pistoleros y se fueron. Fue una noche horrible de lluvia, como las que caen en octubre. Nos tocó ir a medicina legal. Mi mamá y mi hermano fueron los que lo reconocieron y yo me quedé esperando en la portería. Cuando llegamos a Campos de Paz nos encontramos con que en la sala de velación estaban velando a los dos muchachos que lo mataron, porque en ese momento en La Consolata había un CAI, en toda la esquina de San Juan con la Nutibara.

A medio día habían matado a Miguel Soler, que era jefe de circulación de El Espectador en Medellín. La esposa me comentó que él murió en los brazos de ella. Esa misma semana, el 17 de octubre, mataron a Diego Vargas Escobar, que trabajaba con mi papá en Caracol y para RCN en Cómo Amaneció Medellín. Esas muertes fueron organizadas para cada uno y todas están relacionadas por amenazas de narcotráfico. Lo único diferente en el caso de nosotros es que mi papá no tenía jefe directamente, por no estar vinculado con contrato. Digamos que estaba por prestación de servicios, mientras que ellos eran empleados de planta”.